martes, 31 de octubre de 2017

La cercanía del Tosantos tradicional al Halloween

Cada primero de noviembre se produce un intenso debate, tan emocional como poco fundamentado, sobre la sustitución de “nuestras” tradiciones del Tosantos por las foráneas del Halloween. He entrecomillado lo de “nuestras” porque dar algo tradicional por cerrado, y no abierto a sucesivas aportaciones, es no entender el sentido de asimilación de lo tradicional. Con un ejemplo culinario muy sencillo: a nadie se le ocurre rechazar, por poco tradicional, un plato que incluya patatas, tomates o, algo tan asociado a esta fiesta, como el boniato; ingredientes que, en su momento, fueron muy foráneos. El debate, además, obvia también que todas las manifestaciones tradicionales están relacionadas.

(Imágenes mercado de Tosantos en Algeciras, 2015)

El Tosantos nació como una fiesta que cristianizaba la celebración pagana de la recogida de los frutos de otoño y nuestra relación con la muerte. No es casual que se implantara precediendo el día de difuntos. Los mercados han cambiado, teniendo disponibles todo el año esos frutos antes estacionales, y también han cambiado los ritos funerarios, con incineraciones y cenizas esparcidas por mar y tierra, en lugar de un nicho físico donde encontrarnos con nuestros muertos.

(Imágenes mercado nocturno de Tosantos en Algeciras, 2015)

Si ha cambiado tanto lo que se celebra, no ha de extrañar que cambien también las maneras de celebrarlo. Pero la aceptación del Halloween también se explica porque, en su origen celta, forma parte de nuestro propio pasado ritual. Antes, por supuesto, de que se infantilizase y se mezclara con otras costumbres, cuando los irlandeses llevaron esta celebración a Estados Unidos. Y, desde allí, nos la televisaran.

Esa noche de Samhain, que celebraba la terminación de las cosechas, era la última del año. Este calendario se mantuvo hasta principios del siglo IX. Se creía que en esa noche, donde se encontraban verano e invierno, la línea que separa el mundo de los muertos del de los vivos (en la imaginería cristiana, el cielo y la tierra) se estrecha tanto que es posible pasar de uno a otro. Se encendían hogueras, o se ponían luces dentro de vegetales vaciados (nabos, remolachas y calabazas).

(Faroles de calabaza en el mercado nocturno de Tosantos de Algeciras, 2015)

También se dejaban dulces y alimentos (castañas asadas, nueces) a los muertos en las puertas de las casas. En unos casos para espantar o distraer a los espíritus malévolos, por miedo a ser llevados al “otro mundo” y, en otros, como muestras de reconocimiento y respeto a sus antepasados, espíritus benévolos a los que se invitaba a visitar sus antiguos hogares. Perdido ese nombre, pero con expresiones folklóricas comunes, también se pasean aún candiles de sandías agujereadas como rostros, en Extremadura; o farolillos de melón en las provincias de Córdoba y Jaén; o luces en botijos, en calaveras de asno o en calabazas ahuecadas como cráneos, en Castilla. Desde siglos antes de que lo llamáramos Halloween.

Cuenta Antonio Mariscal que en Arcos, el día de Todos los Santos, las familias iban de romería al cementerio o sus alrededores, para comer allí mismo, después de la visita a sus difuntos. En la casa, dejaban un melón vaciado, al que le habían dado forma de ojos y boca, que tenía una vela encendida en su interior. Como un farol de guía.

(Farol de melón. Foto del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico)

Esta casi perdida relación de naturalidad con la muerte, tenía otro hermoso ritual en Ubrique. Se celebraba allí, hasta su desaparición en los años sesenta del siglo XX, la Fiesta de los Paseos. Entonces, todo el pueblo salía a comer al campo el 2 de noviembre para que las almas de sus antepasados pudieran volver, libremente, a sus antiguas casas y disfrutar de ellas. En el campo se comían boniatos asados, frutos secos de la nueva cosecha y el primer mosto de la temporada.

Tampoco es ajena al Tosantos la dulcería cadavérica de los “huesos de santo” que, eso sí, trivializados como si fueran dedos de zombi o vampiros de chocolate, han perdido ya su antiguo sentido de reflexión moral. Ese memento moris que advertía de la fugacidad de la vida. Nacieron, probablemente, con el gran mercado medieval de reliquias religiosas. Era costumbre realizar dulces y panes que imitaban esas reliquias de santos que se veneraban (cráneos, astillas de huesos, esqueletos) y llevarlas a las celebraciones para ser bendecidas, antes de comerlas en casa. Se conserva aún una gran variedad de estos dulces en Italia: galletas de huesos de muertos, panes como manos que se unen, dedos de apóstol en mazapán, o muñecos de muertos hechos con azúcar.


Aquí sólo permanecen los que reproducen huesos, unos elaborados con mazapán y otros con masa de harina, frita y abuñuelada, que toman su nombre del santo apócrifo San Expédito. Estos huesos de santo nacionales, a diferencia de los Ossa di morto sicilianos, no reproducen el hueso completo sino sólo la caña. Hay una referencia muy interesante, a principios del siglo XVII, en el recetario barroco de Martínez Montiño, de una “fruta de cañas” que, por sus ingredientes, podría considerarse un precedente de la receta actual. Una masa fina de mazapán que envuelve un relleno de yemas de huevos duros, azúcar y auténtico tuétano de hueso de vaca. Se presentaba doblada como una empanadilla y frita, cubierta de almíbar o miel. Una no probada leyenda dice que la actual receta fue una invención de pasteleros madrileños, tras la muerte –un 1 de noviembre- del rey Carlos II El Hechizado, tan ávido coleccionista de reliquias de huesos que el pueblo aseguraba que se las comía.

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