sábado, 20 de abril de 2013

Una cocina tradicional conileña

El Museo Municipal Raíces Conileñas (c/ Santa Catalina, 9) es para mí, desde que lo conocí hace muchos años, uno de esos sitios maravillosos que me entusiasma enseñar a quienes me acompañan a Conil. Es difícil explicar tanto, en sólo cuatro salas, sobre la historia cotidiana de este hermoso pueblo que ha sabido crecer sin traicionarse a sí mismo. Fue en 1979 cuando un grupo de amigos creó la asociación "Raíces Conileñas", con muebles y enseres de su vida diaria, pasada y presente, para ir creciendo esa colección museográfica y llegar a su actual ubicación, en parte de la reconstruida Torre de Guzman. Desde 1986 es Patronato Municipal.

En nuestra última visita nos centramos más en la segunda sala, que alberga la cocina y el comedor que, junto al salón de estar de la sala tercera y la alcoba de la sala cuarta, reconstruyen completamente la casa de una familia de clase media del primer tercio del siglo XX. Recomendar también, por supuesto, la atiborrada sala primera, dedicada a los oficios tradicionales en Conil, principalmente los relacionados con el mar, el campo y los de extracción de la importante mina de azufre, de la que ya hablaban los viajeros europeos de finales del siglo XVIII.

Visión general de la cocina

La zona de fuegos es la parte principal de la cocina. Desde principios del XIX el calor se aprovechaba mejor cerrándolo con materiales metálicos, buenos conductores. Eran las llamadas "cocinas económicas", que podían ser completamente metálicas, de hierro fundido o, como ocurría en la mayoría de las casas más modestas, tener de ese material sólo la parte en contacto con las ollas y demás utensilios de cocina. El resto se hacía de ladrillo cocido formando lo que, en Andalucía, se sigue llamando poyete o poyo hornilla. En realidad la inclusión de partes metálicas es la única innovación sobre esta estantería de obra para cocinar, ya utilizada por los romanos, sólo que para encender un fuego abierto sobre la misma. Se solía cocinar entonces con carbón. Como vemos en la imagen, ese fuego también se utilizaba para calentar las primitivas planchas de hierro.


Entre los materiales usados para la fabricación de utensilios de cocina o de almacenaje de alimentos y otros productos, se seguía empleando mucha alfarería. Abajo vemos un lebrillo, sobre una mesa baja, empleado como fregadero. Solía tener un agujero en el fondo para facilitar la recogida de las aguas usadas, que iban a un cubo de cinc, latón u otros materiales. A su lado vemos una rústica cantarera de tres huecos con cántaros de boca ancha y, en este caso, de una sola asa, usados para guardar líquidos como agua, leche o aceite.

La pleita de esparto es aún un material muy usado para fabricar objetos domésticos. En la foto anterior y en la siguiente vemos cestas, botelleros, espuertas, morrales, soplillos para los fuegos o hasta un sombrero. También vemos cestas de mimbre y de caña para transportar objetos sólidos.

Vemos en la siguiente imagen una fresquera de madera de las que llegaron a España a finales del siglo XIX. Es como las que describe Mariano Pardo de Figueroa, Doctor Thebussem, en uno de sus  artículos, de tres compartimentos: el superior, para albergar el hielo; la inferior, con perchas y garfios para colgar lo que se quería conservar; y un lateral, para botellas y frascos.

Molinillo de café de pared. En este caso completamente de hierro fundido. Algunos modelos tenían la parte superior, el depósito, de cerámica.

Sobre la mesa, algunos productos tradicionales: rosquetes y el dulce llamado pan duro; merengues; telera de pan de campo y unas vainas de algarrobas.

Dornillo de madera para preparar gazpacho; botijo decorado; quesera con tapa de vidrio.

El comedor se ubicaba siempre junto a la cocina, cuando no formando parte de la misma, para facilitar el traslado de los platos. Aprovechaba el calor de los fuegos -el llamado hogar desde muy antiguo- también para calentar esa estancia. Se prolongaban así las tertulias o era, como en la imagen, el lugar para oír la radio.

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