lunes, 11 de marzo de 2013

Santiago Auserón nos descubre el "Ritmo perdido" de la negritud

En una charla soberbia de casi dos horas, Santiago Auserón presentó el pasado 6 de marzo su libro Ritmo perdido, dentro del ciclo de Presencias Literarias de la Universidad de Cádiz. Conocido por su trayectoria musical, primero como líder del grupo "Radio Futura", para muchos el más fundamental de los que conformaron la brillantísima generación de la movida, con vida como banda entre 1980 y 1992, y ya luego, en solitario, como Juan Perro, en el que se ha adentrado en los universos del jazz, el rock primigenio y, muy especialmente, el son cubano. Menos conocida es su faceta de escritor. Ha publicado La imagen sonora. Notas para una lectura filosófica de la nueva música popular (1998), Canciones de Radio Futura (1999) y este Ritmo perdido (2012). Estudió Filosofía en la Complutense y en la Université Paris VIII. Y es ese uso relajado, irónico, divertido, de una erudición profunda, lo que más cautivó en la defensa que hizo de la influencia de la negritud en la música contemporánea española.


Comenzó con un guiño gaditano, tan reciente su opulento concierto aquí bajo la lluvia del pasado verano: "Me siento comprometido con el pasado y el futuro de Cádiz". Cuando, más adelante, defendió la supervivencia en los tanguillos gaditanos de compases de la vieja música africana, traída  por los esclavos negros introducidos en la conquista musulmana de la península, como una de las conclusiones de su trabajo, ya mostraba que no había sido una mera frase de cortesía.

Esa es la tesis principal de su Ritmo perdido, una poética musical sobre la semilla negra en la canción popular española.

Partió de su propia primera experiencia de niño hechizado por las melodías de la música negra norteamericana, cantadas en una lengua que no entendía. Ahí el encantamiento lo produce en exclusiva el ritmo. Contó como, en situaciones extremas de conflicto, los ritmos encuentran la posibilidad de contaminar al enemigo. Es la música de los esclavos americanos que consiguió modificar la gestualidad del hombre blanco. Es, en nuestra propia Historia, el importante movimiento de cantores populares de Al-Andalus, de ritmos negros, cuyo prestigio llega a Oriente y también contagia los reinos cristianos, con influencias en las escuelas trovadorescas del sur de Francia o de Italia. En aquella situación de guerra, combatían contra los musulmanes pero se dejaron impregnar de su música popular. En esas situaciones se produce un chispazo entre lenguas y etnias distintas.

Entonces, aún en su periodo de Radio Futura, estaba fascinado por cómo los ritmos de África Occidental habían conseguido tan extraordinaria fluidez en inglés, cómo la velocidad de esos ritmos había encajado en la métrica, la prosodia o la sonoridad de la lengua inglesa. Y pensó que debía haber un fenómeno equivalente al reggae en el área castellana de aquel universo latino. Cuando en 1984 viaja por primera vez a Cuba, ya conocía el disco "El que la hace la paga", que publicara Ruben Blades un año antes. También algunas pequeñas maravillas, encontradas en Londres,  de grupos de la Costa de los Mosquitos, entre las actuales Honduras y Nicaragua, con un pasado de amplia relación británica, una fusión de culturas que permanece en su música. Pero fue en Cuba, donde en una tiendita de discos, con sus anaqueles casi vacíos,  donde descubrió el son cubano en la forma de un disco portentoso, "Sones del humor popular", de Faustino Oramas El Guayabero, cantante trovador de Holguín, que sentenciaba sus canciones con un "Santa palabra". Con él descubrió Auserón ese encaje de la rítmica africana en métricas españolas tan antiguas como las décimas de Vicente Espinel.


Como dijo en su charla, "todos procedemos de las migraciones. En el ritmo no hay origen. Sólo podemos seguir su rastro en un periodo histórico". Ahí fue cuando citó que el flamenco preserva parte de la cultura polirítmica africana, el concepto acuñado por el poeta senegalés Léopold Sédar Senghor para referirse al contrapunto existente entre el ritmo de la palabra y el de los tambores de la música africana. Concepto matizado después por el musicólogo Dauer como un ritmo que sobre un esquema de compases permanente introduce acentuaciones diferentes. Auserón señaló a los tanguillos gaditanos como muestra viva de esa influencia, que combina cantes en cuenta binaria con otros en terciaria. No es extraña esta permanencia en una zona como el entonces Reino de Sevilla (que incluía también a las actuales provincias de Huelva y Cádiz) con un diez por ciento de su población negra. Negritud que se fue diluyendo cuando el tráfico de esclavos pasó a realizarse directamente a las colonias de América, y los que permanecieron fueron las grandes víctimas de las epidemias de peste o se fueron mezclando hasta dejar esos rastros de mestizaje que aún se observan, sobre todo entre la etnia gitana. De ahí que Santiago Auserón se mostrara irónico cuando señaló que le parecía incomprensible que "la España de pureza de sangre haya convertido en prototipo de hispanidad, como una careta de raza, precisamente a Andalucía, donde más mestizaje hubo".

Auserón se convirtió en propagador de aquel son cubano, produciendo una recopilación en cinco álbumes de esa música, entre 1991 y 1992, en Semilla del Son, y organizando encuentros con soneros cubanos, en Madrid o en Sevilla, donde los contrapuso con flamencos gitanos, en lo que fue todo un mutuo redescubrimiento histórico de sus afinidades. Como dijo en otro momento, mostrándose crítico con la desaparición de los programas educativos de la música y la ahora pretendida de la filosofía, "para entendernos deberíamos prestar más atención a los poetas y a los historiadores que a los telediarios". Crítico también, pero sin nostalgia personal, con lo que fue el final de las movidas urbanas: "al entrar en circuitos de bienestar los intercambios rítmicos se adormecen y se pierden las canciones como fuentes de revelación". Pero reconoce que siempre pasan cosas nuevas en la música, otras. Las grandes épocas de la música conservan la chispa que se deriva de hechos históricos, culturales y sociales, irrepetibles. Y citó el gran boom de las compañías discográficas, en la América que acababa de terminar la II Guerra Mundial, cuando por las grandes necesidades de crecimiento y las bajas producidas, los negros entraron masivamente en el mercado de trabajo y comenzaron a tener una capacidad económica más allá de la mera supervivencia. Se convierten en los grandes compradores de música. Y, por primera vez, los hijos blancos compartieron los mismos espacios para divertirse y bailar que los hijos de los esclavos. Aprendieron a moverse como los negros, con esa cadencia que parecía no cansarlos nunca.

Defendió el título de su libro, Ritmo perdido, porque, como dijo, "esta país ha perdido muchas veces el ritmo, ha expulsado el ritmo. Lo hizo al expulsar a los judíos, a los moriscos, a los negros".

Y así acabó su impresionante lección de Historia.

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