martes, 5 de julio de 2011

Espeleología en Gibraltar (a estas alturas)

Dicen que el género masculino del homínido experimenta, cercano a los cincuenta, una irremediable necesidad de demostrarle al resto de la manada que continúa en plena capacidad de reproducirse. Como milenios de civilización bajo las pautas de las distintas religiones monoteístas hacen socialmente inconveniente mostrar en público esa estricta actividad, el macho busca actividades sucedáneas que vengan a probar, supuestamente, su plenitud. La mayoría de ejemplares no pasan del deporte del sostenimiento de vasos de tubo llenos de combinados alcohólicos en lugares lo suficientemente oscuros como para que las hembras no descubran, en lo inmediato, los signos de calvicie o de grave deformación abdominal que suelen producir los años de inexorable abandono personal que suelen preceder a estas situaciones de crisis. Otros, en cambio, más osados, practican deportes como el fútbol playa (variante sin reglas de urbanidad y que admite la suspensión temporal del partido al paso de especímenes del otro sexo), o la carrera urbana de fondo, con múltiples paraditas para repostar y donde se permite despotricar de los demás a la vez que se corre, en un sorprendente ejercicio de activación anaeróbica.

Aunque, ocasionalmente, pertenezco a alguno de los grupos anteriores, no acudí este sábado pasado a hacer espeleología a una cueva de Gibraltar, cerrada al público, por demostrar la vigencia de mi incuestionable virilidad sino por pura insensatez. De hecho, cuando me invitaron a visitar esa cueva, incluso cuando me remarcaron lo de "cerrada al público", no se me ocurrió acudir a alguna fuente a refrescar mi concepto de "espeleología", sino que pensé en el consabido humor gaditano de exagerarlo todo y abusar de la confianza de los (o las) incautos (-tas). Lo mismo pensé, en este caso alabando la elaboración de la broma, cuando nos dijeron que debíamos hacernos previamente un seguro para entrar en esa cueva. La única precaución que tomé fue ponerme unas zapatillas y echar una mudita completa, con bañador, en el bolso monísimo que me llevé al asunto. Como contaré, ni siquiera me acordé de ese kit de supervivencia cuando salí de allí empapado hasta las rodillas. Porque, ya lo adelanto, conseguí salir de aquel infierno.

 
El sitio en cuestión se llama Lower St. Michael´s Cave y, como su nombre indica, se encuentra justo debajo de las muy célebres (y domesticadas) Cuevas de San Miguel. Por ese sentido tan gaditano de la guasa, compartido como tal por los yanitos, se nos permitió hacer antes un recorrido somero por las cuevas famosas, con sus escaleras de madera con pasamanos, su iluminación central, sus tranquilizantes cartelitos indicativos del camino a seguir y el lugar esperanzador donde estaba la Salida, haciéndonos creer que ese lúcido sometimiento de la Naturaleza para el disfrute del turista de toda edad y condición sicofísica, incluidos niños y niñas, era lo que nos esperaba más abajo. Pero no.

La obligación del uso del casco me pareció parte de la escenografía con la que el guía monitor se esforzaba en ponernos en situación. El hecho de que dicho monitor rondara los sesenta años no debió engañarme, pues pronto descubrimos que muchos de los atletas que compiten bajo pabellón español en la mejor de sus edades no llegan a la fibrosidad de ese antiguo miembro del Ejército británico que, todo hay que decirlo, trepaba y saltaba entre estalagmitas como un doble de película que, además, no dejó de pastorear al grupo buscando rezagados. Pero eso fue después. Antes ya nos llevamos el primer  susto cuando hubo que firmar algo en inglés, que supongo no sería una donación de órganos, pero que incluía, sospechosamente, un número de teléfono al que avisar en caso de percance. Y que yo, en otra muestra de incompetencia, rellené con mi propio número.´

Después nos dio unas breves explicaciones sobre el uso que hicieron los británicos de la sala de entrada a la cueva como hospital de campaña, en la Segunda Gran Guerra, poniéndole un suelo de cemento, incluyendo uno de los desniveles naturales como provisional depósito de cadáveres, a donde se debían arrojar desde las mismas camillas. Situación que no llegó a producirse porque la cueva pasó a lugar de esparcimiento de oficiales y políticos, incluyendo al mismísimo Churchill, que dicen se hizo allí unos cuantos niveles. Si eso es cierto, creo que deberían recordarlo por la hazaña de hacer pasar su conocido volumen por alguno de los agujeros negros que hubimos de atravesar, antes que por hacer lo que hizo.

El guía cerró con llave la única abertura a la parte conocida del Peñón, con sus tranquilizadoras tiendas de cambalaches y puestos de tabaco y licores, y por el hueco en el suelo de apenas una persona bajamos a donde empezaba todo. Escalera de barco que se bajó de espaldas y casi a ciegas. Pronto echamos de menos aquella comodidad.
Dicen que lo más complicado está al principio. Es cierto, pero sobre todo porque hay que salir por ahí mismo. Y, a la vuelta, ni las fuerzas ni la fe son las mismas. Empiezas con una caída de unos tres metros, limpia aunque resbaladiza, que sirve como entrenamiento para la técnica de descenso con cuerdas. En nuestro caso, lo de entrenamiento es un eufemismo, pues al ser la primera vez que te ves en esas lo correcto es calificarlo como bautismo de cuerdas, valga la inconveniencia. Los pies van planos a la pared y el cuerpo vertical se deja deslizar por la cuerda, no siempre con elegancia. Al día siguiente notas que esa tensión ha hecho trabajar más de la cuenta a pectorales y dorsales.

Tras un hueco imposible te encuentras otra pared que, ahora, hay que recorrer agarrado a unas cuerdas horizontales que, con tu peso, se abren y te dejan en la posición de quien se desliza con una tabla con vela sobre el océano. Para tu tranquilidad, o no, bajo tus pies unas redes como las que les ponen debajo a los trapecistas te recuerdan que, si te sueltas, vas abajo, a probar si las redes aguantan para que no vayas a ese más abajo que ya ni se ve. Tras un cambio de manos para evitar una protuberancia de rocas, puedes bajar por una rampa, con la espalda pegada a la roca y los pies apoyados en donde dice el instinto.

Aparece entonces la que creo es la peor dificultad. Al menos para alguien que, como yo, considera aparcar un deporte de riesgo. Hay que gatear un poco hasta llegar a un agujero donde te encuentras dos cuerdas, separadas en uve. Empiezas con la de la izquierda, pero si intentas hacer el descenso entero por esa te vas directo a la chimenea de uno de esos pozos sin fondo que tanto juego le dan a Indiana en las películas. Así que hay que cambiarse de manos para coger con fuerza la otra cuerda, la de la derecha, que te permite deslizarte sobre la roca húmeda hasta un llanito seguro. Creo que gasté la mayor parte de las tres horas y media que estuvimos allí dentro en cambiarme de manos y de cuerda. Cuando llegas abajo, miras alrededor y, ya crecido, te dices que aquello es muy bonito. No hay lugar para pensamientos más profundos. Quizás por la emoción o por la falta de oxígeno.

Vienen entonces las explicaciones de por qué esta cueva es tan importante. Aquí están dos de las únicas siete "paletas de pintor" encontradas en el mundo. Aquí la única columna simétrica, con estalagmitas tan delgadas como las estalactitas. Aquí, construcciones de la piedra caliza contra la gravedad. Aquí, las agujas más finas. Aquí, las formas azarosas que, tras milenios de gotear, han llegado a esculpir un gnomo, una rana, una virgen con su niño, el paisaje del desierto del Oeste, un dinosaurio. Ciertamente, el lugar es muy, muy hermoso.

El monitor nos advierte que procuremos no tocar un polvillo blanco que está por todas partes, y que él creo que llama polvillo de la Luna. Si te lo llevas a los ojos te producen una enorme irritación, un ingreso inmediato en un hospital para un lavado de córneas. Si llegan a la boca es un purgante fulminante. Si apoyamos las manos, hay que sacudirlas de inmediato. No quiero tocar nada, pero hay que agarrarse continuamente. Con esa misma frecuencia me sacudo las manos. Veo que los demás también aprovechan los pequeños o grandes charcos para lavarse mucho las manos. Es una obsesión que me dura hasta horas después de salir de allí, cuando me miro escrupulosamente las manos en el primer servicio al que hemos podido llegar. Busco cualquier atisbo de ese polvillo blanco.

Tras escalar otra vez, y pasar por el ojo de una aguja, llegamos a las proximidades del lago. Antes, un falo evidente sirve de asiento de bromas. Si se golpea, vibra el poyete. Que así se llama el banco de piedra, yeso u otra materia, que ordinariamente se fabrica arrimado a las paredes, junto a las puertas de las casas de campo, en los zaguanes y otras partes. En el lago hay otro miembro aún más asombroso. Y, delante, una gran fuente de chocolate derramándose en varios pisos. Todo como en una gran confitería.

El lago debe recorrerse por un bordillo por donde no cabe más que el ancho del pie. El agua te llega a los tobillos. Salvo al principio, no hay cuerdas. Sólo los rebordes babosos, resbaladizos, de las estalagmitas. Pero, increíblemente, tengo garfios en vez de dedos. No se cayó nadie. Hay que contarlo. Son más de tres metros y medio de profundidad. Nadie pregunta siquiera si el agua está fría. El monitor cuenta que se puede pasar buceando de una parte del lago a otra, separada por rocas. Y que, incluso, tras unos minutos bajo un laberinto de rocas, se puede llegar a otra cueva. Él lo hizo. No quiero ni imaginármelo.

Desde el otro lado, en el instante que duró no pensar que debíamos hacer otra vez ese mismo viaje de vuelta, pensé que había merecido la pena llegar hasta allí. Era realmente lo más hermoso que he visto nunca, exceptuando dos o tres episodios que dejaré que sigan en mi lado oscuro. Aquella era una cueva viva, como nos dijo al principio. Donde la roca, en su simbiosis con el agua, va creciendo y reproduciéndose. El hombre ha matado cuevas, como algunas allí mismo, más arriba. Con luces, con suelos de cemento, con pinturas para impermeabilizar las paredes. El hombre puede matar cuevas. No deja de ser espeluznante.

Salimos de allí, finalmente. Ni tan limpios ni tan enteros como entramos. Un pacto me obliga a no contar las bajas, que las hubo. Salimos con esa sensación fantástica de haber hecho algo realmente único en un lugar espectacular. Porque es algo que haces una sola vez en tu vida. Aunque algunos afortunados repiten.

lunes, 4 de julio de 2011

Asadillo manchego

Como espléndido final de una aventura que habrá que contar, los amigos de Novena Provincia extendida (José Augusto, Pilar, Miguel y María) nos improvisaron una cena de raíces manchegas. Morcillas caseras de cebolla y de patata y calabaza, con pisto y Asadillo. Como éste último también se come por allí con atún en conserva, se mejoró notablemente la combinación con unas ventrescas de atún rojo en paso "de derecho" por Tarifa, es decir, pleno de grasa; hechas a la plancha, sin aceite, y con la técnica especial de Miguel, que los cubre con tapadera, para que no pierdan jugosidad por evaporación.

Sobre los vinos, bastan las fotos. Y quien quiera ampliar conocimientos que acuda a las fuentes, la página de Novena Provincia.

Sorprende, por aquí, que los guisos de estas hortalizas los tomen fríos. Recuerdan a otro plato de la misma amplia familia de refritos de verduras, la caponata siciliana, también tomada fría, pues era comida de almuerzo en el campo. También que el pisto manchego sólo lleve pimiento y tomate, tan consumido que parecía una pasta de untar.

El Asadillo es, básicamente, un guiso de pimientos rojos asados terminados de cocer en tomate, aderezado con especias. De las muchas variantes del Asadillo, había unanimidad en señalar que el secreto del plato está en reducir el tomate sin aceite, cociéndolo en su propio jugo, hasta quedar con la consistencia de los tomates concentrados empleados en otras cocinas mediterráneas. En algunas recetas el aderezo se añade al principio, aportando sus esencias al cocimiento de tomates; y, en otras, como la que realicé, me dicen que es propia del Suroeste de Ciudad Real, se añade al final, con el plato ya terminado.
Se ponen a asar pimientos (usé, en lugar de los tradicionales, verdes). Como todas las verduras empleadas, de cultivo ecológico en huerto de Puerto Real, conseguidas a través de nuestro grupo de consumo ecofeminista El Nueve .


Se escaldan los tomates para pelarlos y se rallan. Si se dispone de Thermomix, triturar 20 segundos a máxima velocidad. Se ponen a cocer, sin nada añadido, en una sartén. Lo dejé reducir durante hora y media, a fuego muy suave. Cuianto más reduzca, mejor sabor tendrá luego el Asadillo. Al final debe quedar con la consistencia de una pasta espesa.

Se pelan y se cortan a trozos los pimientos asados, y se añaden al tomate concentrado, junto al jugo que hayan soltado durante el asado. Se deja cocer todo unos veinte minutos más. Se prepara un majado de sal gruesa de salina, dos dientes de ajo, una cucharadita de pimentón y otra de comino. Se deslíe con chorreón generoso de aceite de oliva virgen. Cuando han terminado de cocer los pimientos asados en el tomate, se añade el majado, ya fuera del fuego. Se deja enfríar.

Está mucho mejor de un día para otro, cuando los jugos y esencias han conseguido mezclarse completamente.

El Asadillo se toma con huevos duros o con atún o aceitunas negras. Puede untarse sobre pan. También es un magnífico acompañante de carnes, como unas chuletitas de cordero.